Asia

1.1. Las reformas económicas y el desarrollo productivo de China

La expansión de China a escala global, sobre todo en términos comerciales, no se puede entender sin algunos apuntes previos sobre su política interna de desarrollo. Durante la segunda mitad del siglo XX, La República Popular China fue una más de las periferias poscoloniales, que contendía en un mundo bipolarizado por la Guerra Fría. Estaba sometida a un embargo impuesto por occidente, notablemente Estados Unidos, y sus relaciones con otros Estados y regiones eran bastante marginales. Todo este panorama cambia de manera radical a partir de los años 80, con la caída del Bloque Soviético y el reordenamiento de la geopolítica global. Para China el final de la Guerra Fría significó la necesidad de poner en marcha de una serie de reformas, impulsadas por el máximo líder chino Deng Xiaoping, para la liberalización controlada de la economía, con miras a encarar los desafíos futuros.

La propuesta de Deng fue la creación de un “socialismo de mercado”. En este marco, las reformas económicas de China con cara al nuevo milenio, consistieron en la des-colectivización de la agricultura; la apertura a inversiones extranjeras; el otorgamiento de mayor autonomía a las empresas estatales, así como la apertura a la economía privada dentro del país. El resultado de estas reformas fue un crecimiento promedio del 10% de su economía, la intensificación de la explotación de su mano de obra, y una creciente necesidad de importar materias primas para la consolidación de su base productiva, así como para la consolidación de su presencia política en la región asiática.

Otra de las consecuencias de estas reformas fue la pronta aparición de una élite económica-política y una significativa estratificación social. Según la profesora He Qinglian, citada por Giovanni Arrighi, lo que se produjo en los años 90, con las reformas de Deng, fue “un «saqueo» –esto es, la transferencia de propiedades estatales a los poderosos y sus secuaces y de los ahorros personales de ciudadanos corrientes a las empresas públicas desde los bancos estatales” (2007: 23). Pero, a diferencia de lo que sucedió en Rusia, donde la transición a una economía de mercado supuso el reemplazo del Estado soviético por una oligarquía privada, estas reformas no supusieron el fin del control estatal sobre la economía, sino tan sólo una mayor oligarquización de la burocracia estatal.

El resultado de ingresar en un modelo de producción basado en la explotación intensiva de su mano de obra, fue un crecimiento económico, en término macroeconómicos, sin precedentes. En términos de crecimiento estas reformas dieron lugar a una evolución exponencial de su PIB, de 361 mil millones de dólares en 1990, a 11.199 trillones de dólares en 2016. Por su parte el PIB per cápita pasó de 330 dólares en 1990, a 940 dólares en 2000, 4.340 dólares en 2010, y 8.250 dólares en 2016. Este crecimiento exponencial se explica principalmente por el desarrollo acelerado de su base productiva, que consistió en gran medida en especializarse como país productor de bienes de mano de obra intensiva (súper-explotación); por una división cada vez más especializada del trabajo, en el país; y por el modelo económico optado: especializarse en la producción y exportación de manufacturas de distinta gama y en las importaciones de recursos primarios.

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